La prótesis total de rodilla es hoy en día una de las intervenciones más habituales y exitosas dentro de la cirugía ortopédica y traumatología. Miles de pacientes recuperan cada año su movilidad y reducen de forma notable el dolor gracias a este procedimiento. No obstante, como ocurre con cualquier cirugía mayor, no está completamente exenta de riesgos. Uno de los más relevantes, aunque poco frecuente, es la infección de la prótesis de rodilla, que afecta aproximadamente a entre un 1% y un 2% de los pacientes.
En la mayoría de los casos, la infección está provocada por bacterias (y en menor medida por hongos) que pueden acceder a la articulación durante la cirugía o en el periodo posterior. Lo llamativo es que algunas de estas bacterias forman parte de nuestra propia flora cutánea: viven de forma natural en la piel sin causarnos daño porque nuestro sistema inmunitario las mantiene bajo control.
El problema surge cuando estos microorganismos consiguen adherirse a la superficie de la prótesis. Las prótesis están fabricadas con aleaciones metálicas y componentes plásticos, materiales a los que las defensas del organismo no pueden acceder con facilidad. Una vez allí, las bacterias generan una estructura protectora conocida como biofilm, una especie de “capa” o membrana que ellas mismas producen y que actúa como escudo frente a los antibióticos y al sistema inmunológico. Esto hace que la infección sea especialmente difícil de erradicar si no se actúa a tiempo.
Existen además factores de riesgo que aumentan la probabilidad de desarrollar una infección, como la diabetes mal controlada, la obesidad, el tabaquismo, las enfermedades reumáticas, la inmunodepresión o la presencia de infecciones en otras partes del cuerpo. Por ello, una correcta evaluación preoperatoria resulta clave para reducir al máximo estas complicaciones.
¿Qué consecuencias puede tener?
La principal consecuencia de una infección protésica de rodilla es el dolor persistente, que puede ir acompañado de inflamación, enrojecimiento, calor local, rigidez articular o incluso fiebre y secreción por la herida quirúrgica. Estos síntomas no solo afectan al bienestar del paciente, sino que pueden comprometer seriamente el resultado de la cirugía.
A largo plazo, si la infección no se controla adecuadamente, la prótesis puede acabar aflojándose o “despegándose” del hueso. Esto ocurre porque la inflamación crónica y la acción de las bacterias dañan el hueso que rodea el implante, haciendo que pierda su fijación. En estos casos, puede ser necesario recurrir a cirugías de revisión, que son procedimientos más complejos que la intervención inicial.
Diagnóstico precoz
El diagnóstico precoz es fundamental y suele basarse en la combinación de síntomas clínicos, análisis de sangre, pruebas de imagen y, en ocasiones, aspiración del líquido articular para identificar el germen responsable. El tratamiento puede incluir antibióticos específicos, limpieza quirúrgica de la articulación o, en casos más avanzados, la sustitución parcial o completa de la prótesis.
La prevención es siempre la mejor estrategia: control de factores de riesgo antes de la cirugía, profilaxis antibiótica, técnicas quirúrgicas estériles y un seguimiento postoperatorio estrecho reducen significativamente la posibilidad de infección.
La garantía de Clínica Surbone
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Gracias a una evaluación personalizada, tecnología de vanguardia y un seguimiento continuo, Surbone ofrece plenas garantías de seguridad y calidad asistencial, minimizando riesgos y asegurando la mejor atención posible en todas las fases del tratamiento.
Si estás valorando una prótesis de rodilla o presentas síntomas tras una intervención, en nuestra clínica podemos ayudarte con rigor médico, cercanía y confianza.
